Renta Básica

autor: 
Universidad Nómada

"El ataque de red aparece como algo parecido a un enjambre de pájaros o insectos en una película de terror, una multitud de agresores sin sentido, desconocida, incierta, oculta u inesperada. Si uno mira dentro de una red, sin embargo, se puede ver que está organizada y creativa. Tiene la inteligencia de enjambre".

 
 
 
Introducción.
 
Durante estos ultimos dos años hemos estado razonando alrededor de la crisis, compartiendo la necesidad de investigar el mundo que nos rodea para transformarlo. La idea de una revista nace durante los encuentros de la Universidad Nómada del 26 y del 27 de septiembre en Madrid. Activistas, academicos, estudiantes, trabajadorxs precarixs han participado en esta reflexión colectiva. El objetivo lo de investigar la vuelta a la crisis como escenario de posiblidad para los movimientos de impulsar nuevas politicas para la transformación radical del modo de produción capitalista. En este sentido no solo hemos participado en las sesiones seminariales que hemos organizado sobre la renta bàsica como sujetos en formación, hemos protagonizado esta sesiones impulsando con esta revista la posibilidad de la construcción de una red mas amplia alrededor de las cuestiones emergentes en el contexto de la crisis. 
 
Nada será como antes. Empezamos desde la crisis, que para nosotrxs no se limita solo a su aspecto más manifiesto, donde la caída de los pilares de la economía financiera ha llevado a lo que desde el punto de vista del capital había sido considerado una oportunidad: conciliar el desarrollo y el avance de las multinacionales en las políticas económicas de los estado naciones y de las instituciones económicas globales. Hoy con el sucederse de las crisis a partir de la del sur-este asiático, Japón, de las dot.com y de los subprime; podemos decir que todas las contradicciones de este modelo han emergido con fuerza: el capital es crisis.

 
Desde esta consideración, que los movimientos sociales habían anticipado con larga antelación  con el movimiento global, sentimos la necesidad de retomar estos discursos sin ninguna nostalgia por el pasado, pero con el deseo de profundizar algunas hipótesis, sin pretensión de un posible universalismo sino abriendo algunas cuestiones capaces de atacar la crisis, sobre todo teniendo en cuenta el actual vacío de la representación y de la democracia misma.
 
Hemos asistido al sucederse de los varios G8, G20, etc. y ninguna de estas reuniones ha llevado a cabo alguna resolución o de ofrecer una respuesta política eficaz. Tampoco hemos encontrado en los movimientos una respuesta a la altura de la situación, de hecho la crisis nos ha encontrado fragmentados a nivel de organización en el doble nivel de la estrategia y de la táctica.  Podemos decir que los efectos de segmentación capitalista no haya sido un fenómeno atribuible solo a la governance pero que haya tenido un impacto considerable tambien en los movimientos. Por ejemplo con respecto a la reciente crisis del euro y la situación griega que medimos nuestra propuesta en este sentido.

 
Como confirman los estudios sobre el capitalismo cognitivo la centralidad del trabajo cognitivo e inmaterial en la creación de valor añadido desplaza la importancia estratégica del capital fijo, transfiriendo unas series de funciones productivas en el cuerpo vivo de la fuerza de trabajo. En los tiempos de los recortes salariales y del aumento de las desigualdades en la distribución de renta (­que ha llevado a la creciente demanda de crédito), estas no tienen que entenderse solo como el resultado de la creciente codicia de la financia. Estas encuentran sus razones estructurales sobre todo en las estrategias de precarización capitalista para garantizar el control de una fuerza de trabajo más autónoma en el plan de la organización de la producción.
 
En este contexto de aumento de la brecha entre ricos y pobres, del racismo, de la discriminación sentimos la necesidad de relanzar la hipótesis de lo común entendida no como la tercera opción de las categorías de público y privado pero sí como potencia constituyente de la independencia y de la autonomía del trabajo vivo.
 
En los artículos de este primer numero dedicado a la cuestión de la renta básica queremos insistir en este aspecto y razonar sobre la actual indiferencia entre tiempo de vida y tiempo de trabajo, entre valor de uso y valor de cambio, entre producción y reproducción, entre salario y renta donde esta ultima parece subsumir tout court el proceso de valorización capitalista.

 
El primero articulo de Montserrat Galceran  introduce al debate de la renta básica según una perspectiva histórico filosófica en lo cual desarrolla sus marcos distintivos; Cristina Morini aborda la cuestión de la renta básica a partir de una lectura feminista donde el trabajo afectivo de cuidado se vuelve relevante para entender el difuminarse entre producción y reproducción, y puede asimilarse al trabajo no pagado de la actividad laboral contemporánea; Carlos Prieto del Campo a través de una análisis de las políticas del gasto publico sugiere unas claves teórico-políticas; Mauro Castro ilustra una lectura actualizada del debate parlamentario de la renta básica en el estado español; Tomas Herreros señala el deseo implícito de la revendicaciòn de la renta básica en el contexto actual, y como formas explicitas de avanzar hace su reivindicación política ; Joan Miquel Gual y Javier Toret abordan a la cuestión a partir de la producción del valor en la red; finalmente Emmanuel Rodríguez enfoca su análisis dentro de la coyuntura de la crisis económica y del estado del bienestar.    

A propósito de la "Renta Básica"

autor: 
Montserrat Galcerán

El siguiente texto se enmarca en una reflexión sobre la oportunidad de reclamar la “renta básica” como una medida útil en el contexto actual de recesión y de aumento del desempleo, especialmente desde la perspectiva de los nuevos movimientos sociales, integrados por personas que ya durante los años anteriores a la crisis han vivido situaciones de enorme precariedad laboral. Su movilización no se orienta a una lucha por el mantenimiento o el aumento del empleo – como si está ocurriendo entre sectores de trabajadores con empleo fijo, especialmente en grandes fábricas y empresas. Ni tampoco podemos tener grandes esperanzas en un relanzamiento del consumo que, en el mejor de los casos, reproducirá el entorno que ya hemos vivido. La propuesta de la “renta básica” trata, en este contexto, de visualizar otros horizontes y especialmente de desbrozar el camino para reforzar esos movimientos como auténticas alternativas.
 
Aunque sea a modo de hipótesis podemos afirmar que, en este inicio del s. XXI, se da una fuerte tensión entre el carácter colectivo y cooperativo de la producción social de la riqueza y el dominio privado del capital que pugna por rentabilizarla, por lo que la cuestión de la renta adquiere una importancia primordial. Y esto es así porque mientras que la producción es cada vez más colectiva, la distribución está marcada por los límites que impone el lugar que los sujetos ocupan en la estructura social y sus fuentes de renta, especialmente las rentas que provienen del capital en sus diferentes formas y las que provienen del trabajo, los salarios. En los países del primer mundo las transformaciones de la estructura salarial y laboral han venido acompañadas, en los últimos años, por un extenso fenómeno de búsqueda de rentas alternativas al salario, incluso para capas poco acomodadas. Así no solamente se ha favorecido la burbuja inmobiliaria, de la que son muestra el extraordinario aumento de la edificación, sino la compra de acciones de bolsa, depósitos a renta fija o variable, cuentas vivienda, planes de pensiones, etc. Este fenómeno, conocido como financiarización, drena hacia las entidades financieras una parte de las rentas disponibles y la casi totalidad de los ahorros, suponiendo para los afectados una inserción directa en todo el engranaje financiero del capitalismo contemporáneo.
 
La cuestión de la renta básica se inserta en estas coordenadas, en las que lo que se demanda es “dinero” o “medios de compra”; dicho en otras palabras, participar de las ganancias generales del sistema, independientemente de las tareas desempeñadas y del lugar que se ocupe en su estructura, cuyos límites e injusticias en la distribución aparecen a ojos vista.
 
La “renta o ingreso básico”, que se empezó a preconizar en los años 80, se suele definir como “un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad o residente, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre, o dicho de otra forma, independientemente de cuales puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva”. O sea que se trata de un ingreso monetario universal e incondicional para todos los miembros de la sociedad1.
 

La necesidad o conveniencia de la renta básica puede abordarse desde varias perspectivas: o bien como el reconocimiento del carácter social de la producción que exige de los poderes públicos aportar recursos sociales suficientes para el mantenimiento de una población que con su trabajo cooperativo potencia las cuencas de la riqueza, o bien a partir de la idea de que los integrantes de la sociedad tienen derecho a ver garantizada su supervivencia como base material del vivir. Esa segunda perspectiva suele enlazarse con la tesis “republicana” que ensalza la importancia de preservar la cohesión social y evitar la exclusión de los más pobres o de las poblaciones con menos recursos. A su vez una tercera perspectiva, que podemos denominar “liberal” según reconoce explícitamente Van Parijs, la presenta como un modo, tal vez el único, de asegurar la “libertad real para todos”, es decir una libertad que, amparándose en el derecho fundamental que cada uno/a tiene a la propiedad de su propia persona, pretende ampliar ese derecho garantizando a cada quien el poder vivir su vida de acuerdo a sus deseos o preferencias.
 
Pero en todos los casos, y sea cual fuere su justificación, la introducción de la “renta básica” supone romper la vinculación entre el trabajo y la renta, vinculación que hasta ahora había sido la norma para las capas trabajadoras. Lo que supone, por otra parte, plantearse problemas novedosos que están en el centro del debate, tales como el carácter “universal” de la renta y su incondicionalidad, su monto, sus fuentes de financiación, los controles burocráticos de su implementación, su simultaneidad o no con otras rentas, la relación con el trabajo, etc.
 
Esta discusión marca, a mi modo de ver, la diversidad de aspectos del concepto incluso entre sus acuñadores y primeros defensores, que, como vemos, se reconocen en tradiciones intelectuales diversas: desde los defensores que provienen del ámbito liberal y/o republicano, a los teóricos e investigadores ligados al ámbito de la autonomía italiana de los años 70 y a los nuevos movimientos sociales. En lo que sigue voy a intentar esquematizar esa cuestión.
 
Genealogía y justificación de la renta básica.
 
Como ponen de relieve los trabajos preocupados por elaborar una genealogía del tema, ésta puede remontarse a los textos de los republicanos clásicos del s. XVIII, a la tradición liberal – incluyendo la defensa rawlsiana sobre la necesidad de cubrir las necesidades básicas – y a la crítica, esta vez en Marx, de la libertad formal frente a la libertad material. Pero sus puntos de encuentro son varios y complejos.
 
La justificación republicana de la renta básica apunta a su conveniencia como elemento clave en el mantenimiento de la comunidad y en el reconocimiento de dicha contribución, ligada a la preocupación por evitar la desagregación social. Según ese planteamiento, que en España comparten autores como Daniel Raventós o Antoni Doménech, el mejor bagaje del republicanismo clásico se concentra en la idea de que los individuos socializados componen una sociedad en la medida en que colaboran libremente en el mantenimiento de la misma. Esta contribución, que nunca debería ser forzada pues está basada en la libertad de los individuos, debe sin embargo ser reconocida.

 
Dicho reconocimiento configura la base del moderno concepto de “ciudadanía”, dado que por ciudadano se entiende a aquel integrante de la comunidad que contribuye a su mantenimiento, ya sea a través de su propiedad – en las sociedades del liberalismo clásico – o de su trabajo – especialmente en las sociedades fordistas – . Sin embargo la ligazón entre libertad, entendida como independencia, autonomía y propiedad, aunque sea la nuda propiedad de su fuerza de trabajo para los trabajadores, complican el esquema, pues si bien lo hacen congruente en un mundo de propietarios – el mundo idealizado de la sociedad burguesa, - resulta difícilmente aplicable en un mundo de no-propiedad generalizada, que es justamente el mundo moderno. La primacía de la propiedad garantizaba en el republicanismo clásico lo que, según esos autores, es un componente cardinal del modelo: la idea de que ningún ser humano, precisamente por ser libre, necesita el permiso de otro para vivir. Y por lo mismo es antagónica con una sociedad en que el poder desmesurado de un grupo atente contra las posibilidades de autonomía de cualquier otro.
 
A su vez la analogía entre la propiedad de la tierra o de los medios de producción y la propiedad de su propia fuerza de trabajo que detenta cualquier ser humano sobre sus capacidades corporales ha funcionado como elemento ideológico que difuminaba las diferencias entre esas diversas formas de propiedad en cuanto fuentes de renta, equiparando en cierta forma la renta del capital con la renta del trabajo materializada en el salario
 
Desde este punto de vista la renta básica se presenta como un modo de garantizar la “libertad material” de los sujetos, aquel mínimo de “propiedad” que les permita mantener su independencia y construir su autonomía, desafiando relaciones impuestas de subordinación y garantizando la construcción de una sociedad de ciudadanos. “La ciudadanía plena – nos dicen esos autores – no es posible sin independencia material o sin un “control” sobre el propio conjunto de oportunidades”2. Sin embargo en ningún momento cuestionan el concepto liberal clásico de libertad. Ni siquiera cuando lo plantean en sus consecuencias socio-políticas, como un modo de evitar las “luchas entre los pobres”, que vislumbran como una consecuencia posible de la depauperación creciente y de la fragmentación de la antigua clase obrera; aún en ese caso, siguen planteándolo desde la reivindicación del ideal de la “autonomía personal”.
 
En estas reflexiones se observa cómo las críticas a la insuficiencia de la libertad formal han hecho mella en aquellos autores que intentan pensar mecanismos para armonizar la autonomía personal con los requisitos de una “sociedad justa”, siendo este marco uno de los primeros en los que aparece la cuestión de la renta básica. En efecto, la garantía de la supervivencia material surge como una garantía imprescindible para asegurar la ciudadanía, pues ningún deber parece poder desprenderse de una situación en la que los seres humanos están expuestos a la mayor precariedad e inseguridad en sus fuentes de vida sin que la comunidad política a la que pertenecen pueda protegerlos frente a ello. El “contrato social” que, según la teoría liberal, apuntala el Estado moderno, se vería extraordinariamente debilitado de no darse esa especie de reciprocidad. Se trata, en resumidas cuentas, de un tema de justicia social y de equidad distributiva que debe permitir mantener la cohesión social en situaciones en que hay peligro de desagregación o de desafección por parte de individuos en riesgo constante de exclusión, dada justamente la falta de un mínimo de subsistencia.
 
Aunque emparentada con ella, la opción republicana es algo distinta de la defensa liberal, o auténticamente liberal, según él mismo la define, que encontramos en autores como Philippe Van Parijs, uno de los iniciadores indiscutibles de esta temática. Según él se trataría de un esfuerzo por asegurar la libertad real de los sujetos, la cual consiste básicamente en su capacidad para hacer aquello que uno/a quiera hacer. Para asegurar ese mínimo, el autor sostiene que no basta con la propiedad que cada uno/a tiene sobre su persona, pues ésta, aún siendo inalienable, no le permite poseer los objetos externos que precisa para realizar su libertad. En sociedades complejas y terciarizadas como las actuales, esa realización de la libertad personal está fuertemente condicionada por la capacidad de apropiarse de las condiciones externas favorables, que vienen definidas en términos de “oportunidades”. En consecuencia redefine la libertad real – o capacidad para hacer lo que uno/a quiera hacer – distinguiendo sus tres componentes: seguridad, propiedad de sí y oportunidad3. De esa consideración se desprende que cualquier merma en el conjunto de oportunidades de que una persona disfruta supone un obstáculo a su “libertad real” y dado que en nuestra sociedad el acceso a las oportunidades exige la compra de los servicios respectivos, asegurar un monto dinerario básico para acceder a ellos es la única forma de garantizar las máximas oportunidades para todos respetando la igualdad. Eso no significa que “la renta o el ingreso básico” deba consistir exclusivamente en una cantidad de dinero, pues ésta es compatible con el mantenimiento e incluso el aumento de servicios sociales gratuitos como sanidad, educación, servicios policiales, infraestructuras, etc. pero en cualquier caso sí establece la conveniencia de un ingreso monetario para los ciudadanos, que es lo que constituye su principal innovación.

 
Como ya he apuntado el autor pretende derivar esa concepción de las tesis de John Rawls sobre la justicia social. Van Parijs utiliza el Principio de Diferencia rawlsiano, según el cual “las ventajas socioeconómicas (ingreso y riqueza, poderes y prerrogativas y las bases sociales del autorrespeto) deberían ser maximizadas, es decir distribuidas de tal manera que los menos favorecidos concluyan en una situación en la que tengan al menos tantas ventajas como las que tendrían finalmente los menos beneficiados bajo cualquier distribución alternativa”4. Por consiguiente, aunque el propio Rawls no lo admita, su principio “parece recomendar” la introducción del ingreso básico, limitado por el respeto de las libertades fundamentales y una justa igualdad de oportunidades.
 
La inserción de van Parijs en el paradigma liberal, aunque sea en la versión que denomina “liberalismo auténtico” y aunque admitamos su compromiso con una especie de “liberalismo de izquierda”, le hace compartir aquellas posiciones añejas según las cuales el capital es resultado del ahorro (de los capitalistas) y en el mercado priman procesos de competencia perfecta cuya consecuencia es el aumento de la eficacia y la innovación. Preservarlas es fundamental puesto que el crecimiento de la riqueza y la eficacia económica son garantías de que en un futuro se podrá seguir recaudando la “renta básica”. A mi modo de ver eso le hace minusvalorar el hecho de que el capitalismo es un sistema de acumulación global cuya eficacia se sustenta en la constricción de los trabajadores (incluido el consumo) y en un cierto control de los mercados, que nada tiene que ver con un esquema de competencia perfecta entre capitalistas particulares. Al descuidar el carácter propio del capitalismo como sistema de acumulación, su atención se dirige fundamentalmente hacia la cuestión de la distribución de la riqueza, como si ésta fuera un monto total a repartir cuyo crecimiento por otra parte hay que asegurar – para poder justamente seguir repartiendo; y así mientras atiende con minuciosidad a los requerimientos procedimentales, institucionales y normativos que serían precisos para ello, en ningún momento aborda el tema como reivindicación de los movimientos sociales.
 
A diferencia de ambas, las posiciones de los pensadores ligados a la corriente italiana de la Autonomía obrera son sustancialmente distintas. Parten de un análisis histórico de las transformaciones del capitalismo contemporáneo, situando la emergencia de la sociedad actual, la denominada de modo vago sociedad post-fordista, como el entramado socio-económico en el que se sitúa la reivindicación de la renta básica. Así estos autores señalan como lo característico de la nueva situación la ruptura de los pactos que sustentaron las políticas keynesianas del estado del bienestar en los años de la guerra fría.
 
Esa ruptura supuso la puesta en cuestión de la relación capital/trabajo propia del capitalismo industrial de tipo fordista y su sustitución por un conjunto de nuevas relaciones en las que el capital se independiza del trabajo, lo subordina a sus estrategias de ahorro de costes y de externalización, y crea una estructura en red capaz de captar el trabajo donde y cuando lo necesite pero liberándose de la necesidad de mantener un contingente amplio y bien remunerado de trabajadores fijos.
 
A la extremada movilidad del capital, que se desplaza a velocidad de vértigo por todo el planeta, es difícil que se adapte una clase obrera sedentaria, protegida por protocolos establecidos en cuanto a los horarios, los salarios y las cualificaciones laborales que los empresarios empiezan a denunciar como “rigideces” que entorpecen el libre curso de los negocios. La batalla librada en los 80 y los 90 se ha cerrado, en casi todos los países del mundo, con una victoria de los sectores empresariales que han impuesto no sólo una reestructuración reticular de las empresas que hace difícil identificar las relaciones jerárquicas internas, sino una desestructuración de los parámetros espacio-temporales del trabajo que substituyen la fijación al puesto y al horario laboral por la supeditación directa y casi personal del trabajador a la línea de mando de sus jefes directos.

 
Formas de prestación laboral como el trabajo a tiempo parcial, el contrato por obra, la prestación directa de los autónomos o la subcontratación generalizada de servicios a terceros ocultan una enorme maraña de situaciones laborales dispares, declinadas de modo diverso según el tipo de trabajo pero también según las características del trabajador/a y las exigencias del empresario. Esa enorme proliferación de formas de prestación laboral ha dinamitado las vías que estructuraban la relación capital/trabajo y ha ampliado exponencialmente la precarización de los propios trabajadores.
 
Aportes de la “renta básica” para revertir la precariedad.
 
En esta situación esos autores defienden que la renta básica supondría un elemento importante y tal vez crucial para invertir la situación, y eso en diversos respectos:
 
1ª en primer lugar podría ser una respuesta a la actual desconexión entre “trabajo” y “renta”.
 
La ruptura de la relación capital/trabajo antes mencionada, ha conllevada la ruptura a su vez de la relación entre trabajo y renta, de tal modo que si bien en el fordismo la escala de trabajos se correspondía con unos estipendios relativamente fijos, ligados a su vez a los aumentos de productividad, en la situación actual, el trabajo que se desempeñe está más ligado al contrato individual, que el trabajador firma con su empleador, que a los protocolos colectivos sancionados por los convenios colectivos u otras formas de acuerdo corporativo. En consecuencia la disparidad entre el trabajo, sus horarios y cualificaciones así como las prestaciones efectivamente realizadas guardan poca relación con protocolos standard aumentando la amplitud del abanico de remuneraciones y la discrecionalidad de las mismas.
 
Simultáneamente muchos sectores sociales acuden a fuentes de renta que no dependen directamente de prestaciones laborales sino que provienen de otras fuentes. Es interesante señalar en este punto un cierto cambio en el propio concepto de renta. Por tal Marx entendía la ganancia periódica, habitualmente anual, que se extraía de un elemento de la producción, ya sea el capital – o sea la renta sería “el interés del capital”, la tierra – “la renta de la tierra” o el trabajo – el “salario”5. Ahora bien, el interés de Marx era mostrar como esas diferentes “rentas” resultaban de una distribución del plusvalor producido en la producción, que incluía como una de sus dimensiones, la producción agrícola. “Renta” significa pues plusvalor producido socialmente y distribuido en función del lugar que cada sector ocupa en la producción: el “rentista” – terrateniente- como poseedor de la tierra, el capitalista, del capital y el trabajador de la fuerza de trabajo.

 
El concepto de “renta” que se maneja al hablar de “renta básica” es algo distinto. Se mantiene su connotación como “ganancia” pero se especifica que por tal se entiende “poder de adquisición de mercancías reales…, poder de compra de bienes o servicios disponibles”6. Y al especificar que esa renta no está ligada ni a la situación que se ocupa en la sociedad ni a la propiedad ni a ninguna prestación laboral, pues es universal e incondicional, se la está defendiendo como un ingreso distributivo de una riqueza social producida conjuntamente por todos los miembros de la sociedad. Aunque su relación con el plusvalor, que para Marx era central, resulte parcialmente desdibujada.
 
2ª Se parte pues del supuesto de que, especialmente en la situación productiva de las sociedades contemporáneas, se da una productividad social difusa, no concentrada en la fábrica tradicional sino extraordinariamente extendida en el tejido social y que, sin embargo, es apropiada únicamente por las clases poseedoras. Es decir, si los vertiginosos aumentos en la productividad que han sido resultado de la introducción de los modernos sistemas tecnológicos, en especial de la informática, han ido de la mano de una reestructuración de los procesos laborales que ha empobrecido y precarizado a los sectores obreros, una consecuencia probable es que esos aumentos estén siendo apropiados unilateralmente por los sectores más ricos de la sociedad.
 
Esta aseveración se confirma empíricamente cuando los datos existentes muestran una polarización mayor de las sociedades ricas actuales, de modo que el percentil más rico ha aumentado considerablemente mientras que aumenta la pobreza en el otro extremo.
 
La introducción de una renta básica significaría en ese contexto un aporte de liquidez para los más pobres que permitiría reorientar en su beneficio una producción cada vez más socializada, sustituyendo la actual socialización a través del capital – por medio entre otros de la compra de activos financieros y fórmulas de endeudamiento – por una socialización política distributiva de la riqueza producida.
 
3º A su vez la introducción masiva de los medios informáticos y de las telecomunicaciones incrementa la tendencia a la flexibilización, permite utilizar en beneficio de las empresas las diferencias de remuneraciones a nivel mundial y rompe la relación entre crecimiento de la producción y aumento del empleo, ya que el aumento de la productividad proviene de la utilización de unas técnicas que ahorran trabajo y no lo incrementan, siendo así que ese ahorro no se ve compensado ni por el trabajo nuevo en la producción de los elementos de capital fijo ni por una ampliación suficiente del mercado.

 
Una consecuencia directa de estas transformaciones consiste en el aumento del paro o del trabajo precario. El paro ya no es un factor coyuntural sino un elemento constitutivo del nuevo capitalismo que necesita mucha menos mano de obra que el capitalismo industrial clásico, con la consecuencia perversa de que la oferta de mano de obra disponible en un mundo casi enteramente capitalista aparece como “excedente de población”, como población de más que no encuentra trabajo siendo éste, todavía, su única fuente de ingresos.
 
Ante ese problema, que realmente se ha vuelto acuciante en los últimos decenios, no basta con criticar las posiciones defensivas de grandes sectores de la clase obrera tradicional. Esas posiciones pueden derivar en consecuencias extraordinariamente negativas que Raventós y Doménech señalan con gran precisión: “[Esa opción meramente defensiva] podría contribuir a levantar barreras insalvables e innecesarias entre los segmentos estables y los inestables de la población trabajadora, convirtiendo a los Sindicatos…en meros defensores de derechos adquiridos de los trabajadores maduros privilegiados. Podría contribuir…a levantar barreras insalvables e innecesarias entre los segmentos inestables y los segmentos desesperados de las poblaciones trabajadoras, generando en los primeros la peligrosa ilusión de que los segundos, y señaladamente los inmigrantes, son directamente responsables de la precariedad de la situación. Podría contribuir a ahondar todavía más el hiato que tradicionalmente ha venido separando a los trabajadores del hemisferio norte, formados en el consenso social atlántico de posguerra, de sus hermanos del tercer mundo, no viendo en éstos sino a competidores desleales. Podría contribuir a un ulterior encasillamiento burocrático de las organizaciones sindicales en el aparato del estado,…y consiguientemente aislar todavía más a los sindicatos de las poblaciones trabajadoras activas en el sector privado de la economía, tornándolos, de paso, más y más antipáticos para la opinión pública media cuando recurren como único medio de lucha disponible a la paralización del estratégico sector público de la vida económica. Y para acabar en algún sitio, podría contribuir también a reforzar inopinadamente las tendencias neoabsolutistas autoritarias en el mundo de la empresa: si ya el consenso social de posguerra significó en los dos lados del Atlántico norte la renuncia del movimiento obrero organizado sindicalmente a cuestionar democráticamente la autoridad empresarial, aceptando una mera constitucionalización, estatalmente tutelada de la misma, a cambio de sucesivos aumentos de bienestar vinculados a sucesivos aumentos de productividad, ahora, rota o desjarretada esta última ecuación, insistir monotemáticamente en ella podría generar la ilusión… de que plegarse a la nueva ola absolutista empresarial, ceder “un poco más” de libertad política en el mundo del trabajo, allanarse a la desconstitucionalización completa o parcial de la empresa capitalista, es la única solución realista posible para recuperar el bienestar y la seguridad perdidos”7.
 
Pero a su vez parece claro que esa situación se impondrá si no se desarrollan alternativas. Dado que el aumento de la productividad no produce un aumento de la ocupación, ni puede producirlo en las condiciones tecnológicas dominantes, pero el trabajo dependiente siegue siendo la única o fundamental fuente de renta para gran parte de las poblaciones “ocupables”, la introducción de la renta básica podría alterar de raíz los parámetros de la ecuación, dando a las poblaciones sin empleo un ingreso que garantizara su subsistencia en ausencia de un trabajo remunerado y aligerando la presión sobre el mercado de trabajo. De ese modo se podría llegar a invertir la relación encareciendo el trabajo, aunque eso fuera a costa obviamente de disminuir los beneficios empresariales, y ofreciendo alternativas de autoempleo o de trabajo voluntario y/o cooperativo para poblaciones menos desesperadas.
 
4º El que se trate de un medio de distribución o redistribución que no actúa a nivel de las relaciones sistémicas explica, al menos desde una perspectiva marxista, su carácter reformista, o radical-reformista al decir de algunos. No cambia las condiciones de producción ni elimina el trabajo asalariado ni la propiedad de los medios de producción, no tiene pues un carácter revolucionario al menos desde un planteamiento ortodoxo. Pero es capaz de captar la dinámica actual de las relaciones socio-económicas y revertirla en beneficio de los sectores más desprotegidos. Desde este punto de vista es una medida de transformación social, relativamente sencilla y democratizadora, aunque no atente contra el conjunto del sistema.
 
5ª Aún así en la medida en que beneficia a los más pobres – especialmente si se instaura ligada a una fiscalidad progresiva – supone una forma de empoderamiento que puede desencadenar respuestas más contundentes. En la medida en que protege a los individuos frente a las oscilaciones del mercado de trabajo y de la rapiña de los poderosos, asegurándoles unos mínimos para poder vivir, puede suponer un contrapeso – un “contrapoder monetario” en expresión de Fumagalli – que propicie otras formas de resistencia.

 
Por otra parte, su carácter universal e incondicionado elimina los controles y humillaciones que van ligadas a las prestaciones asistenciales, permitiendo a los sujetos vivir con mucha mayor tranquilidad los avatares de su vida laboral-profesional.
 
6º En último término casi todos los autores señalan – y no es un dato anecdótico – la viabilidad financiera de la propuesta.
 
En efecto, la renta básica no podría implantarse de modo aislado sino que debería acompañarse de una reforma fiscal y previsiblemente de medidas de recorte de la jornada laboral. Lo primero es necesario para que el gasto que comporta el pago de dichos ingresos pueda sufragarse por vía fiscal. Según un trabajo realizado por el equipo del investigador español Daniel Raventós, con una muestra de 210.000 declaraciones de IRPF en Catalunya, los datos muestran que si se pagara un ingreso anual de unos 6.000€ por habitante, que sustituiría a cualquier otro subsidio social, como seguro de desempleo, pensión, etc., y se combinara con una imposición fiscal única de un 55´2 %, la reforma se autofinanciaría y el 70% de la población afectada ganaría, mientras que el 15% más rico perdería y el resto quedaría más o menos igual8.
 
La segunda condición, el recorte de la jornada de trabajo, sería necesaria para que no se produjera una dualización entre aquellos sectores de la población que vivirían únicamente de la renta y aquellos otros, forzados, tal vez, por su deseo de ganar un poco más, a tener que soportar jornadas extenuantes, lo cual, de darse ampliaría la polarización social. En este sentido la disminución por ley de la jornada laboral y no la proliferación de contratos de diversa duración al arbitrio de los empresarios, debería ser una medida coadyuvante que dificultara efectos perversos de la implantación de la medida.
 
Por último no podemos dejar de resaltar la cuestión de género. La introducción de la renta básica significaría una mejora sustancial para muchas mujeres que tienen grandes dificultades dado que el trabajo doméstico y las tareas de reproducción y de cuidado no son ni reconocidas ni pagadas como trabajo. Disponer de esos recursos de modo incondicionado significaría para ellas una fuente de ingresos propia, no supeditada a la autoridad familiar ni dependiente de las otras personas con quien se conviva. Significaría una fuente de empoderamiento ya que mejoraría la situación de las mujeres en momentos en los que actualmente se imponen decisiones alternativas excluyentes tales como cuidar de los niños o mantener el empleo, aceptar empleos poco remunerados o depender de otras personas en ausencia de otros ingresos, asalarizar a otras mujeres como forma de atender a las tareas domésticas y familiares o bien hacerse cargo una misma sacrificando la promoción en el trabajo profesional,…

 
Sin embargo debe reconocerse que esas posiciones no son unánimes. Algunas feministas cuestionan este punto de vista alegando, como ya se hiciera en el famoso debate sobre el trabajo doméstico durante los setenta, que la “renta básica” se convertiría en una trampa para muchas mujeres, atándolas todavía con más fuerza a las tareas en el marco del hogar y la familia. Algunos análisis empíricos, que Ingrid Robeyns reproduce, señalan que muy posiblemente se darían profundas diferencias entre mujeres con puestos de trabajo de alta o baja cualificación, dependiendo en gran medida del propio monto de la renta. Su conclusión es extraordinariamente matizada: “Aunque he expuesto algunos argumentos a favor de esta última opción [la de quienes niegan cualquier ventaja de la renta básica para la posición de las mujeres] ello no me ha llevado a concluir que sea a priori mala para todas las mujeres. He sostenido que resulta beneficiosa para algunas mujeres, perjudicial para otras y ambigua para la mayoría. Más aún, la valoración final sólo podrá realizarse cuando pueda tenerse en cuenta su interacción con otras medidas”9.
 
La “renta básica” en el marco de la movilización social.
 
Con todo, lo más interesante del debate en torno a la renta básica es, en mi opinión, la pregunta sobre qué sujetos sociales nuevos contribuye a constituir esa exigencia, pues si por una parte, exhibe rasgos fuertemente contrarios a las posiciones tradicionales del movimiento obrero y su defensa del empleo a toda costa, especialmente perceptibles en algunos autores, entre otros el ya citado Ph. Van Parijs, por otra permite visualizar una estrategia alternativa que puede animar la subjetivación política en sectores extraños a las tradiciones obreristas, como pueden ser los movimientos de los jóvenes, movimientos de mujeres, precarios, migrantes, etc. Para estos sectores que se encuentran entre los más perjudicados por el orden actual, la introducción de una renta básica implicaría mejorar en gran medida sus expectativas de vida, representaría reapropiarse de una parte de la riqueza social producida y poder disponer de recursos para una vida alternativa. En este sentido puede leerse también como una consecuencia, tal vez no prevista pero en cualquier caso real, de aquellos movimientos que en los sesenta empezaron a poner en cuestión el orden inclemente de la vida moderna; si esos movimientos en un primer momento fueron rentabilizados en clave capitalista promoviendo la precarización y la flexibilización del trabajo, ha llegado el momento de que lo sean por las nuevas fuerzas emergentes para poner en el centro de las exigencias políticas el mantenimiento del vivir y el derecho a la supervivencia.
 
 
 

 

 
 
 

1 Bertomeu, Mª J. y Raventós, D., “El derecho de existencia y la renta básica de ciudadanía: una justificación republicana”, en La renta básica como nuevo derecho ciudadano, Madrid, Trotta, 2006, p. 20. Ph. Van Parijs, su inicial inventor, lo define como “un ingreso pagado por el gobierno a cada miembro pleno de la sociedad, a) incluso si no quiere trabajar, b) sin tener en cuenta si es rico o pobre, c) sin importar con quien vive y d) con independencia de la parte del país en la que viva”, Libertad real para todos, Barcelona, Paidós, 1996, p. 56.

2 Bertomeu, MªJ., y Raventós, D., “Derecho de existencia y renta básica de ciudadanía”, p. 29.

3 “Utilizaré el término libertad real para referirme a una noción de libertad que incorpore los tres componentes- seguridad, propiedad de sí y oportunidad”, Libertad real para todos, op.cit., p. 43.

4 Idem,p. 123. La discusión de las tesis de Rawls en el capítulo 4 del libro incide en la preferencia de este autor por seguir considerando el trabajo como el eje de la recompensa social por lo que, aunque incluya el ocio en la lista de los bienes primarios a garantizar, la cantidad de ocio equitativamente exigible en una sociedad sigue estando en relación estrecha con el trabajo aportado. Por el contrario van Parijs considera el trabajo/empleo como un “activo” escaso a repartir entre todos los postulantes, lo que justifica que aquellos que lo tienen cedan a otros una parte de las rentas que les produce, cuando ya el ingreso básico hubiera eliminado la exigencia de trabajar para sobrevivir.

5 Capital, vol. III, p. 760 y ss.

6 Fumagalli, A., “Doce tesis sobre la renta de ciudadanía”, en Idem, p. 57.

7 Idem, p. 161.

8 Ver para más información en http://www.nodo50.org/redrentabasica/textos.

9 “¿El precio del silencio o una puerta a la emancipación? Un análisis de género de la renta básica”, en La renta básica como nuevo derecho ciudadano, op. cit, p. 100.

El trabajo de cuidado como arquetipo del biocapitalismo

autor: 
Cristina Morini

El trabajo domestico realizado por las mujeres hoy representa un modelo particularmente atractivo. Eso os lo confirma en la idea antigua segun la cuál el contexto moderno se construye sobre la base de jerarquías concretas y que es “ordenado” apoyándose a categorías (económicas, sociales) establecidas desde el poder para obtener formas de subordinación y discipliamento. A todo ello, ahora se añade algo mas. Históricamente solo  es considerado fundamento de la acumulación el trabajo productivo (en el sentido capitalista), involucrado en la distribución de la “plusvalía” generada por medio de los factores productivos. Según esta lectura, dado que el trabajo domestico de las mujeres no permitiría acumulación – aunque la favorezca indirectamente garantizando al obrero su reproducción– eso ha sido considerado en todas las épocas “sin valor alguno” – en tanto que concebido improductivo –  y  de ésta manera nunca ha sido participe de la distribución.

 
De todas maneras sigue pendiente la cuestión de como la teoría del valor-trabajo deba adecuarse a la evolución del sistema capitalista y a la sucesión de las diferentes modalidad de acumulación. No son menores los efectos, de hecho, de las trasformaciones estructurales que han invertido y parcialmente modificado el proceso de valorización en el pasaje desde el capitalismo industrial-fordista hasta el biocapitalismo1 , por lo menos en las partes del mundo donde esta modalidad se ha afirmado y tienepresencia2. Y es característico en este pasaje el hecho que la teoría del valor-trabajo – también entendida como teoría del valor-tiempo de trabajo – necesita de una redefinición  que sea capaz de recoger los cambios  cualitativos que han puesto en crisis las teorías tradicionales.

Observar el trabajo domestico en el presente abre perspectivas mas amplias de las que el feminismo había correctamente identificado y de las cuáles se habia ocupado en el recorrido de lo los años 70. Lo primero de todo, ayuda a comparar los mecanismos de medida del valor que han sido validos en el pasado. El trabajo de cuidados encarna la crisis de la medida del valor en el trabajo actual. En este sentido, un actualización de la reflexión sobre el trabajo de cuidados parece abrir la puerta a los análisis criticos actuales finalmente mas generales sobre el tema del trabajo, del valor-trabajo y sobre el problema de la medida.
El “trabajo no remunerado” de las mujeres3 (el trabajo de reproducción y de cuidado) se convierte así en un interesante arquetipo de la producción contemporánea. Cuando razonamos sobre la des-medida del trabajo actual en el ciclo de acumulación flexible, el trabajo no remunerado entra como tal en la reflexión porque constituye un ejemplo sugerente y común. No solamente porque – como hoy frecuentemente se intenta– buscamos dar medida (en términos de valor ptotencialmente producido, que  es, concretamente, los términos propios de la economía política) a la reproducción – esto es, el trabajo domestico, el trabajo de cuidado, de gestión y de servicios necesarios para la existencia – nos damos cuenta que eso es superior al total del trabajo pagado. Pero porque sostengo que eso se adapta a la descripción de un proceso que conlleva la esencia de la prestación laboral en su totalidad, en el punto en el cual nosotros definimos la presente fase del capitalismo como basada sobre un modelo antropogenético, es decir de “producción del hombre por medio del hombre”4, donde la vida está destinada a trabajar por la producción y la producción a trabajar por la vida”5. Desde este punto de vista el valor producido del trabajo excede forzosamente, siempre, la remuneración. Asumiendo un carácter general, el problema no refiere solo del trabajo de cuidado. Desde els momento en el cuál el proceso productivo engloba conocimiento y afectos, deseo y cuerpos, lenguajes y relaciones, motivaciones y opiniones, es aun mas evidente que nunca como no puede ser pagado. Ni en el trabajo domestico ni en otros lugares.

 
 
El rol del afecto
La sociedad humana se funda en la división sexual del trabajo entre hombre y mujer, que encuentra en la familia y en el trabajo productivo sus ejes portantes. El fordismo se centró  sobre un pacto de mutuo socorrro entre estos dos diferentes actores. En la época de los sistemas rígidos, las mujeres  --que asumen el rol de mujer--  por un acto de amor, se ocupan de la gestión del hogar y de los hijos, mientras los hombres llevan renta para la casa, con el trabajo externo. El hecho que la esposa se ocupe de múltiples deberes que no son reconocidos como trabajo –  y por tanto no remunerados – pero que tampoco han sido buscados o pagados al exterior, ha incrementado el mecanismo de acumulación a través de un doble mecanismo: con aquello que no le era pagado a ella y gracias a aquello que evitaba pagar él. Cuidado, por amor,  de la mujer, el hombre no ha tenido ninguna necesidad de comprar ningún servicio en el mercado. La economía política del patriarcado se basa esencialmente en estos pilares. El aspecto mas evidente de esto planteamiento, si volvemos la mirada por atrás, se encuentra en la falta de definición  padecida del por el trabajo domestico, mas allá de su gratuidad. Para establecer que es el trabajo domestico se utilizan definiciones de “buen sentido”, escribe Christine Delphy, “ lo que se ha quedado fijo de su definición es solo su contenido empírico y eso no es indiferente a las interpretaciones teóricas a las cuales el trabajo doméstico  ha sido sometido”6. En un ensayo del 1970 que vale la pena retomar7, Delphy razonando sobre el problema del trabajo domestico (que prefiere nombrar como “trabajo familiar”, travail ménager) sostiene que los rasgos principales de esta actividad no se puede encontrar si no consideramos que el objeto del trabajo domestico (cocinar, limpiar, cuidar a los niños, etc.) – o sea la parte visible de eso – no agota su rol “estructural y económico”. En sustancia debe reconocerse al trabajo familiar la carácterística intrínseca y nunca plenamente admitida de trabajo, mas allá de su gratuidad.

 
Existe  a la vez la necesidad, tomando ejemplo del trabajo domestico, de repensar desde la raíz el concepto de trabajo para llegar a una nueva definición formal que no se conforme con el uso aparente que hoy en día se le atribuye. ¿La mayoría del trabajo contemporáneo no sufre la misma condición? Cuando hoy decimos trabajo  nos referimos menos a una porción concreta de tiempo la cual se desempeña al exterior  del hogar, una tarea que comienza y acaba con un acto individualizado y certificado como tal. En lugar nos figuramos un mecanismo extendido, que a menudo se desempeña entre las paredes domesticas y que implica  la puesta en juego de relaciones e intercambios que pertenecen a la existencia del sujeto exterior al trabajo, a su vida afectiva, a sus intereses, a sus pasiones, conocimientos y experiencias.

En síntesis:
 
“Es la capacidad de innovación, de “producción de formas de vida”, y entonces de creación de valor añadido, la que define la actividad humana, no el hecho de pertenecer a un determinado sector ocupacional”8
 
 
En el pasado hemos tenido otros ejemplos de trabajo gratuito que a la vez– a diferencia del trabajo domestico de las muejeres – han sido contabilizados en el PIB. Estos pertenecían a formas arcaicas de la economía como la agricultura de subsistencia o ciertas formas de autoconsumo agrícola A diferencia de entonces,  hoy la gratuidad y el valor de uso (traducido en valor de cambio) se convierten en la dimensión característica del trabajo cognitivo, el trabajo del conocimiento desarrollado en el marco de las economías mas avanzadas. Y como en el caso del trabajo de cuidado es la intromisión del elemento afectivo lo que ha permitido al biocapitalismo  la conduccción del trabajo cognitivo, del trabajo del conocimiento, el knowledge work, hacía el camino de la gratuidad tendencial.

 
El placer y el amor, el vinculo con la actividad que se desarrola través dels uso  habilidades cognitivas y habilidades relacionales, hacen más difícil por los sujetos una separación nítida entre el trabajo y la vida y más posible la aceptación de la dimensión de la gratuidad (las prácticas como forma generalizada, las formas de precariedad en la universidad, la remuneración simbólica recibida para escribir en los periódicos). Debe notarse la diferencia entre el pasado – donde quedaban implícitos el desprendimientos/distancia (física también) más o menos grande con el objeto propio del trabajo  – y el presente que,  a diferencia, hace performativo propiamente y sobretodo  la participación en el lugar de trabajo. En particular, los sentimientos, las fantasías, las imaginaciones, no se expulsan o superan pero en lugar son totalmente solicitadoas en el trabajo de producción cognitivo/relacional/afectivo. Constituyen su fundamento.

 
El sueño de amor que ha condicionado las mujeres en el trabajo de cuidado de su hombre y de sus hijos, hoy se convierte en el cuidado, por parte de los trabajadores del conocimiento, del cuerpo de la empresa9 pero no como tal sino a través de la relación sentimental que ellos tienden a desarrollar con sus mismos proyectos (investigaciones, paginas, fotografías, dibujos, películas...). El trabajo de cuidado y el trabajo cognitivo, el trabajo emocional requerido en la economía de los servicios en la que se basa el biocapitalismo, desborda toda, en sinetsis, medida de la remuneración.

 
El valor de uso, de hecho – en cuanto lado material de la mercancía, común a las épocas de la producción más diferentes – requiere un análisis que, en un primer momento, parece trascender la economía política clásica. La cual, no casualmente, hasta un cierto punto no toma en consideración la categoría de trabajo emocional y trabajo de cuidado. Tal análisis vuelve  a parecer en el ámbito de la economía política justo cuando el valor de uso en sí mismo es modificado en las modernas relaciones de producción y, a su vez se inserta con modificaciones. Son éstas determinadas  relaciones que dan al valor de uso a la marca de la mercancía (es decir, lo transforman en valor de cambio).

 
La precariedad – la esclavitud de la cuerpo-mente inducida en la precariedad – ciertamente juega un papel no secundario en canalizar el elemento del afecto hacia el trabajo. Eso desarrolla la delicada función gubernamental de conquista la sumisión del sujeto dentro de un espacio público contaminado, y esto no debe ser obviado. Sin embargo el aspecto que podría resultar políticamente  interesante y para profundizar me parece que es la conexión (crossing) que pueda ser imaginada entre trabajo cognitivo desalarizado y el trabajo de cuidado que hoy en día está salarizado a través del recurso de asistentes domésticos y cuidadores. En un cierto sentido, el trabajo doméstico puede comenzar realmente a existir de verás como un objeto de estudio porque ha superado el marco interior de la familia. Mientras, por otro lado, debería ser redefinido completamente el concepto de trabajo, dado que la movilización de empatía y afecto, la producción de información y la transmisión de experiencia, la mercantilización de la cultura y el cuerpo  no son más que el resultado requerido por la totalidad del modo de producción biocapitalista contemporáneo. Desde los margenes en los que siempre ha estado relegado, incluso en la época fordista,  el trabajo de cuidado se reencuntra a la vez en la centralidad  de sus vinculaciones, al interior de una nueva situación que alguno sugestivamente llama “economía del trabajo a domicilio”10. Esta es también "afuera" mas allá que “dentro” del hogar:

 
“Una restructuración del trabajo que incluye muchas de las características atribuidas en el pasado a los trabajos hechos exclusivamente por mujeres. El trabajo es, literalmente, redefinido como femenino o feminizado, independientemente del hecho que quien lo desarrolla sean hombres o mujeres. Ser feminizado significa ser extremadamente vulnerables; significa ser capaz de ser desmontados y vueltos a montar, explotado como fuerza de trabajo de reserva, ser considerados más servidumbre que trabajadores, sujetos a tiempo de trabajo tpagado o no pagado, que se burlan del horario pactado”11.
 
 
Renta o sobre la remuneración contemporanea.

Es así que la cuestión de la renta toma forma y adquiere la importancia de un objetivo para el feminismo contemporáneo. El argumento, en virtud de los ejemplos hasta ahora expuestos, se convierte en los de la re-apropiación del valor producido de manera colectiva y no distribuido. El uso de factores productivos centrales en la contemporaneidad (afectos, relaciones, la cooperación) no es correspondida hasta ahora,  de manera adecuada  e imperiosa forma de distribución de la acumulación de ellos garantizada. Existe además la necesidad de revisar las dicotomías inadecuadas como aquella entre el trabajo productivo e improductivo (producción y reproducción) y también los mecanismos de creación de valor en el presente. Desde, por las mujeres, del trabajo  de cuidado, se constituye un ejemplo sugerente. Aprovechando el amor y la dedicación, las mujeres siempre se han hecho cargo siempre de las inadecuaciones de las formas tradicionales de remuneración del trabajo. En la epoca de las practicas generalizadas, del consumo y del “lenguaje como trabajo”, de la construcción de imaginarios hechos para compensar la miseria de la medida mediante la cual el trabajo es remunerado, del índice de crecimiento basado en el conocimiento, la asistencia, la mano de obra migrante invisible, la inseguridad generalizada, la cuestión histórica de la mano de obra gratuita - el trabajo no remunerado de las mujeres - asume nueva importancia y centralidad. Se convierte, como hemos dicho, en un patrón general de la producción contemporánea. Cuando razonamos de la des-medida del trabajo actual en el ciclo de acumulación flexible, vemos que el trabajo no remunerado es adecuado no solo para describir el trabajo domestico, sino un proceso que caracteriza la esencia de la actividad laboral contemporánea en su totalidad. La precariedad ha favorecido, en éstos años, el progresivo agotamiento de la dinámica salarial - igualmente dentro y fuera del lugar de trabajo. En un contexto estructuralmente precario, rentas y salarios dejen de oponerse, la petición de renta se convierte en un requisito mínimo para pensar en la ruptura con los patrones mutiladores como los que hemos descrito, y  forma de potenciación de procesos de la subjetivación y de auto-valorización fuera del cuerpo de la empresa, ademas que como forma de distribución de la riqueza producida colectivamente.

 
Si se puede dar una medida del valor del trabajo de cuidado de las mujeres, se da sólo por negación, se sustrae gracias al ahorro que permite al estado del bienestar. El equilibrio social depende de manera cada vez más evidente por la apelación a una serie de figuras que desempeñan funciones delicadase imprescindibles para la supervivencia de la especie dentro de un contexto de progresiva retirada progresiva de lo colectivo. Así que las características de la organización social-familiar que siempre ha representado Italia son exaltadas por el biocapitalismo, a través de un proceso de privatización completa de las necesidades sociales básicas. La sostenibilidad de la vida se confía a un trabajador migrante, y mientras esto permite, en primer lugar, el ahorro de las intervenciones para el Estado, por el otro permite la canalización de otros recursos en los mercados de trabajo nuevos. En cierto sentido, al igual que la financiación sustituye y se convierte en la forma de seguro social privado, el trabajo de cuidado de las cuidadoras, asalariados por la familia, se parece a una canalización de renta a nuevos mercados con el resultado de mejorar la existencia.
 
Declinar la renta desde un punto de vista de genero entonces significa entonces tener en cuenta el trabajo no remunerado de las mujeres y de su “devenir modelo” del trabajo contemporáneo. Significa tener en cuenta de bio-welfare, del estado del bienestar de los recursos humanos desde el cual se basa la entera organización social.
 

 
Notas
 

1Con el termino “biocapitalismo”, se refiere a un proceso de acumulación que se basa en la explotación no solo del conocimiento sino de todas las facultades humanas, desde las relacionales-lingüísticas hasta las afectivas-sensoriales. Se trata de una acepción mas ancha respeto al concepto mas utilizado de “capitalismo cognitivo”, que también nos parece adecuado a las actuales transformaciones productivas y sociales, que pero tiene el riesgo de ser malentendido por una supuesta relevancia del papel exclusivo jugado por el conocimiento. Por una análisis mas profunda cfr. A. Fumagalli, Bioeconomia e capitalismo cognitivo. Verso un nuovo paradigma di accumulazione?, Carocci,Roma, 2007; C. Vercellone (a cura di), Capitalismo Cognitivo, Manifestolibri, Roma, 2006; Y.Moulier-Boutang, Le capitalism cognitif. Comprendre la nouvelle grande trasformation et ses enjeux, Ed. Amsterdam, Paris, 2007

2Cfr. G.Caffentzis, S.Federici, “Note su edu-factory e capitalismo cognitivo”, in Aa.Vv., Università globale. Il nuovo mercato del sapere, Manifestolibri, Roma, 2008, pp. 143-150.

3Cfr. A. Picchio (coordinatrice), Lavoro non pagato e condizioni di vita, Ricerca Cnel, settembre 2000; A. Picchio, La questione del lavoro non pagato nel lavoro di servizio nel nucleo domestico, Cnel, 1997.

4Cfr. C.Marazzi Capitalismo digitale e modello antropogenetico del lavoro. L’ammortamento del corpo macchina, in Laville J. L., Marazzi C., La Rosa M., Chicchi F. (a cura di), Reinventare il lavoro, Sapere 2000, Roma, p. 107-126.

5Cfr. T.Negri, M. Hardt, La produzione biopolitica, 3 giugno 2000, http://www.globalproject.info/print-143.html

6Los textos de Delphy han sido publicados recién en Francia (2009). Se trata de textos nacidos entre el 1970 y el 1978. Vease C. Delphy, L’ennemi principal. Economie politique du patriarcat, Syllepse, Paris, 2009, p. 58

7En el recompilatorio de ensayos de Delphy (ob. cit) hay tambien “Travail ménager ou travail domestique?” a lo cual se refieren las citaciónes aquí reportadas (trad. aut.). Por cierto sobre este trabajo el autor escribe en una nota: “Parmi les premières publications, on relève en 1970: M. Benston, I. Larguia, C.Delphy, S. Olan, P. Mainardi… Depuis beaucoup d’autres ont suivi, trop nombreuses pour qu’on les cite toutes ».

8C. Marazzi, “Capitalismo digitale e modello antropogenetico del lavoro. L’ammortamento del corpo macchina”, in J.L. Laville, C. Marazzi. M. La Rosa. F. Chicchi, Reinventare il lavoro, Sapere 2000, Roma, 2005: pp. 107-126

9“La esfera del trabajo pretende ser como un cuerpo vivente, que necesita todo el tiempo, todo el cuidado, las palabras y las acciones. Un modo de producción que se ha vuelto un modo de ser, que habla en si de todo lo social, organiza tiempo y espazio, estructura los sistemas de valor”, in C. Morini “Donne e lavoro. Antidoti contro la malinconia sociale” in Posse, La classe a venire, Manifestolibri, Roma, ottobre 2007.

10Donna Haraway cita la dizione “economia del lavoro a domicilio”, riferendola a R. Gordon nella nota 38, p.94 di Manifesto Cyborg. Donne, tecnologie e bopolitiche del corpo, Feltrinelli, Milano, 1995; vedi R. Gordon, “The Computerisation of Daily Life, the Sexual Division of Labour and the Homework Economy”, relazione tenuta alla U.C.S.C, Silicon Valley Workshop, 1983; R. Gordon, L.Kimball, “High Technology, Employment and the Challenges of Education”, Working Paper n. 1, Silicon Valley Research Project, University of California at Santa Cruz, July 1985.

11D. Haraway, ob. cit, pag. 63
 
 
 
Bibliografia
 
 
 
Aa.Vv, “Le donne e il lavoro di cura. Antiche competenze - Nuove professionalità - Diversi valori” Torino 21-22 Marzo 1999, Effepi, Roma.
 
 

A.Amendola, L.Bazzigaluppo, F. Chicchi, A.Tucci (a cura di), Biopolitica, Bioeconomia e processi di soggettivazione, Quodlibet, Macerata, 2008
 
 
 
F.Bettio. G.Solinas , “Is the 'Care Drain' Compatible with the European Social Model? The Case of Elderly Care', in M. Shinozaki (ed.) Can We Coexist with Migrant Care Workers in Elderly Care? Japan in Comparison with the EU and East Asia, Tokyo: Akashi–Shoten, 2008
 
 
G.Caffentzis, S.Federici, “Note su edu-factory e capitalismo cognitivo”, in Aa.Vv., Università globale. Il nuovo mercato del sapere, Manifestolibri, Roma, 2008: 143-150

 
 
 
C. Delphy, L’ennemi principal. Economie politique du patriarcat, Edition Syllepse, Paris, 2009
 

  1.  
    Fumagalli, Bioeconomia e capitalismo cognitivo. Verso un nuovo paradigma di accumulazione?, Carocci,Roma, 2007

 
 
A.Gorz, L’immatériel, Galilée, 2003
 
 
D. Haraway, Manifesto cyborg. Donne, biotecnologie e biopolitiche del corpo, Feltrinelli, Milano, 1995
 
M. Hardt, T.Negri, La produzione biopolitica, 3 giugno 2000, http://www.globalproject.info/print-143.html

 
 
 
N. James. Emotional Labour: Skill and Work in the Social Regulation of Feelings. in The Sociological Review, 1989, vol. 37 (1): 15-42
 
 
 
L.Leghorn, K. Parker, Woman’s Worth. Sexual Economics and the World of Women, Routledge and Kegan, London, 1981

 
 
C. Marazzi Capitalismo digitale e modello antropogenetico del lavoro. L’ammortamento del corpo macchina, in Laville J. L., Marazzi C., La Rosa M., Chicchi F. (a cura di), Reinventare il lavoro, Sapere 2000, Roma, p. 107-126.
 
 
 
C.Morini “The feminization of labour in cognitive capitalism”, in Feminist rewiev, Issue 87, London, Palgrave, 2007: 78-96

 
 
C. Morini, Donne al lavoro. Antidoti contro la malinconia sociale, in Posse, La classe a venire, Manifestolibri, Roma, 2007
 
 
A Negri,”Lavoro produttivo e improduttivo”, in Aa.Vv., Lessico Marxiano, Manifestolibri, Roma, 2008:. 117-136.

 
 
A. Picchio (coordinatrice), Lavoro non pagato e condizioni del vivere, Ricerca Cnel, rapporto finale, settembre 2000
 
 
A Picchio, La questione del lavoro non pagato nel lavoro di servizio nel nucleo domestico, Cnel, 1997
 
 
C. Vercellone (a cura di), Capitalismo Cognitivo, Manifestolibri, Roma, 2006;

 
 
P.Virno, Grammatica della moltitudine, DeriveApprodi, Roma, 2001

Apuntes preliminares sobre la economía política de lo común en la era del poder constituyente de la intelectualidad de masas antagonista

autor: 
Carlos Prieto del Campo

1. General intellect, fiscalidad y gasto público
2. Crisis, intelectualidad de masas antagonista, commons, poder constituyente
3. Trabajo cognitivo, poder, conocimiento
4. Bienes privados, bienes públicos, bienes comunes
5. Lo común: las políticas complejas del poder constituyente del general intellect

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Red, Renta y Libertad

autor: 
Joan Miquel Gual - Javier Toret
Es evidente que hoy los usuarios de la red (a principios de 2009 ya eran 1.200. millones de personas) han generado y generan la mayor parte de la información disponible online, haciendo posible que algunas empresas obtengan beneficios millonarios. Hoy se estima que el 60% de los datos lo cuelgan los usuarios y el 25% del tráfico pasa por las redes sociales.

Parásitos, trabajo vivo online y horizontes hacia la renta garantizada.
 
 
0.1
En el principio estuvieron los movimientos. Desplazar la mirada, explorando nuevos horizontes de conflicto en la sociedad red.
 
Dos fenómenos han transformado recientemente el panorama de las luchas de contestación al régimen de propiedad intelectual y al intento de regulación restrictiva de la red: en primer lugar, la llegada del Partido Pirata1 al Parlamento Europeo en 2009, después de ser elegido con más de 200.000 votos de la sociedad sueca. En segundo lugar, a nivel del Estado Español, la aparición de la Red SOStenible2, plataforma ciudadana que exige modificaciones sustanciales a las medidas de la Ley de Economía Sostenible que atañen a los derechos de autor y al intento de regulación de internet que se derivan de la misma.

 
Creemos que estas dos experiencias son ejemplos de extremo interés para comprender las dinámicas de innovación política en eso que llamaremos provisionalmente política e inteligencia de enjambres propias de la sociedad red. También pensamos que son una buena piedra de toque para pensar el conflicto contra las distintas formas de explotación, control y dominio sobre la producción social colectiva de valor, por un lado, y, por otro, la gestión restrictiva y parasitaria de la gran riqueza que produce la red.
 
El Pirate Party se caracteriza por proponer orientaciones de máximos. En su ideario básico la privacidad del usuario, la modificación del régimen de los derechos de autor y la abolición total de las patentes son los objetivos macropolíticos y exclusivos que han sido planteados como motivación de salida para la fundación del partido.
 
Por otro lado, la red SOStenible busca plantar cara al actual Gobierno Español proponiendo tanto medidas de urgencia que están contempladas en la 'Carta para la innovación, la creatividad y el acceso al conocimiento: Los Derechos Humanos de ciudadanos y artistas en la era digital'3 que se redactó en el encuentro mundial Free Culture Forum celebrado en Barcelona, en el marco de la 2ª gala de los Oxcars4, en noviembre de 2009, para impedir que salga adelante la actual propuesta de ley de economía sostenible que pone las bases para romper la llamada neutralidad de la red y poder penalizar y cerrar webs por el delito de “linkar” a contenidos 'protegidos'.

 
De todas las medidas que conlleva la Carta, a nosotros nos interesa centrarnos principalmente en dos cuestiones, la neutralidad de la red, como espacio productivo del Común, no regulable en términos de los intereses del mercado, y en la cuestión de la renta básica, entendida como desplazamiento necesario para repensar, de un lado, un modelo de economía que permita una retribución justa al actual modelo productivo que se da en el capitalismo cognitivo y, por otro lado, para hacer practicables las 'fórmulas para remunerar colectivamente la creación artística y la innovación'. O como se dice en la carta:
 
'Los creadores/autores, como todos los trabajadores, deberían recibir una justa compensación por trabajo. En los trabajos creativos por cuenta ajena donde no se puedan cobrar derechos de autor en tiempos o cantidades razonables, el salario debería ser garantizado'.
Finalmente éste artículo busca explorar cómo se materializa la explotación en la red: cuando aportamos contenidos en la red, comentarios en blogs y periódicos, navegamos webs, producimos o compartimos información y/o archivos, etc. Siguiendo la estela de este razonamiento, queremos pensar como se construyen horizontes de deseo donde no es posible separar la libertad de la red y de la multitud. Para ello la desaparición de los monopolios coercitivos como las sociedades de gestión de los derechos de autor es necesaria pero no suficiente. Creemos fundamental pensar radicalmente la necesidad de distribución de la renta que se produce colectivamente y que queda acumulada en lo que hemos denominado “la nueva propiedad de los medios de producción”, los lugares de destino de los beneficios económicos de la fábrica digital5.
 
Creemos que la demanda de renta básica, directa (monetaria) e indirecta (acceso gratuito a la red), es una posible evolución lógica de las reivindicaciones de los movimientos en el contexto del actual modo de producción que tiene en la red una esfera fundamental. El tiempo dirá...
 
0.2.
Parásitos de la polinización social. Apuntes para avanzar en la crítica de la economía política del capitalismo cognitivo

 

 
En Estados Unidos la productividad de las colmenas de abejas ya no se mide en términos de la cera o de la miel que recoge y vende el apicultor, éste alquila el servicio de polinización de territorios a los compradores interesados. En manera similar, Google no vende un servicio si no un metaservicio, es decir, un servicio que para funcionar es dependiente de la actividad humana que lo activa y que suscita el interés de los anunciantes para lanzar sus artículos a los navegantes. Los 15 millones de clicks por segundo que registra Google son un auténtico paradigma de gente trabajando gratis para la firma que denominamos polinización social. Yann Moulier Boutang ha definido el trabajo de búsquedas en Google como un enjambre6; la compañía vende el trabajo del enjambre, la polinización social que se activa con el motor de búsquedas, como si de un apicultor estadounidense se tratara, es decir, ya no vende productos concretos, miel o cera, si no la misma acción de la cooperación social online que tanto interesa a la amplia esfera de los anunciantes sean estos del tipo que sean. Google, y por extensión otros parásitos del trabajo colectivo online, como por ejemplo la plataforma de redes sociales Facebook, pone los medios para organizar la cooperación social en provecho propio y acumular renta. Se trata en definitiva de nuevas compañías que son posibilitadoras y parásitos de la cooperación al mismo tiempo.
 
Con la propia evolución de la red y de cómo actúa la gente en ella, lo que Francis Pisani y Dominique Pioter en su libro 'La alquimia de las multitudes' han llamado el paso de los internautas a los webactores, los usuarios han adquirido una importancia central en la medida que ha crecido su número, mejorado la conexión y se han multiplicado las formas de interacción y participación social (a través de los foros, blogs, mensajería instantánea, la redes sociales para compartir fotos, archivos, etc). La web 2.0 se basa en una doble reatroalimentación entre participación reticular y extendida y la digitalización de datos. Es evidente que hoy los usuarios de la red (a principios de 2009 ya eran 1.200. millones de personas) han generado y generan la mayor parte de la información disponible online, haciendo posible que algunas empresas obtengan beneficios millonarios. Hoy se estima que el 60% de los datos lo cuelgan los usuarios y el 25% del tráfico pasa por las redes sociales. (la fuente?)

 
Nos parece necesario en éste punto insistir en la idea desarrollada por los teóricos post-operaistas que ya no hay diferencia entre trabajo y vida (entendiendo por vida tanto la formación como el consumo, la reproducción y/o la afectividad) ya que ambos se confunden. La red es uno de los ejemplos que aporta una mayor clarividencia al hecho de que hoy en día es la vida digitalizada, y por tanto los datos en todas sus interacciones (trabajo vivo online) la que es puesta a producir, o para decirlo en otras palabras, podemos hablar de una subsunción total del trabajo vivo online7.
 
Sin lugar a dudas existen parásitos peores que Google. Tim O' Reilly, que popularizó el término web 2.0 en una conferencia en 2004, con su frase 'data is new the intel inside', parte de la idea que hoy lo que marca la diferencia en la economía y en el éxito de la empresas de la red es aprovechar el deseo de participación y comunicación social entre la gente que conforma la sociedad red. Por éste motivo la forma más económica y rentable, como bien saben en Facebook, es pedir a los mismos usuarios que no sólo cuelguen sus datos, sino que renuncien a su propiedad y los cedan a la propia plataforma. Es una especie de huevo de oro de la red, obtener la cooperación multitudinaria y el trabajo voluntario de los webactores y construir emporios a través ello.
 
Pondremos otro ejemplo para hacer avanzar la definición de polinización social (y de parásitos del trabajo vivo). Matteo Pasquinelli afirma en Animal Spirits que la economía P2P, el intercambio libre de información entre usuarios, tiene en los dispositivos de almacenamiento tipo Ipod su principal parásito. Sin lugar a dudas el valor añadido de Ipod se encuentra en la posibilidad de las descargas gratuitas de las que la gran mayoría hace uso para alimentar las listas de sus reproductores. El software libre en los ordenadores IBM también figura como ejemplo de nuevo motor de acumulación que hace de la red y las relaciones de cooperación que se dan en la misma el caldo de cultivo para parásitos, pudiendo hablar de parásitos software (Google, Facebook) y parásitos hardware (IBM, Ipod y, como veremos en el siguiente apartado, Telefónica).

 
0.3
Sobre lo inadecuado de la lógica público – privado para regular la red.
Google vs Telefónica. Google vs Sgae, el trabajo vivo online contra la expoliación del común.
 
César Alierta, presidente de Telefónica, nos ha sorprendido últimamente afirmando que Google y Facebook deben pagar a Telefónica porque su actividad les genera una tasa de beneficio tal que les coloca en una posición de mercado ventajosa para atacar a las grandes compañías de telecomunicaciones, Telefónica a la cabeza, y por tanto para competir desde una posición desleal, ya que gran parte de su beneficio se debe a que usan gratis las infraestructuras que la multinacional española dispone. Poco después Vodafone respaldó con matices y mayor timidez a Telefónica.
 
Por otro lado, Teddy Bautista, presidente del consejo de dirección de la SGAE, reclamaba que un modelo sostenible sería uno en el que Google paga a las operadoras (como Telefónica) y estas a su vez pagan a Sgae. La lógica de la declaración de Bautista es la siguiente: igual que Google debería pagar a las operadoras por usar sus infraestructuras, estas deberían pagar a Sgae ya que son los principales generadores de contenidos (?!!), si esto es así nos toca preguntar a Bautista quién debería pagar al usuario común de internet, a los más de 1200 millones de personas, por generar los contenidos y formas de interacción que van más allá del régimen de los derechos de autor y que han desarrollado toda la esfera productiva del software libre por poner el fruto más destacado que ha traído consigo internet.
 
Desde nuestro punto de vista, un análisis de la tendencia hacia la que apuntan los grandes monopolios de la economía política de la red es la de una retribución en cadena: de Google a las operadoras, de las operadoras a Sgae, de la Sgae a sus socios. El Ministro de Industria del actual gobierno español, Miguel Sebastián ha dicho recientemente que “cobrar a un buscador”, tal y como comentó Telefónica “es una opción posible, que hay que discutir o barajar”8 y está de acuerdo en llevar el debate a la UE y en tasar a Google si esto beneficia al usuario con menores precios por el pago de banda ancha, con lo que se cerraría el círculo que supuestamente beneficiaría a todas las personas y empresas del Estado.

 
La cuestión que subyace a todo este debate es la siguiente: ¿es apropiado el régimen jurídico del derecho público y del derecho privado para regular un espacio, la red, caracterizado por la producción común? Desde nuestro punto de vista se produce cierta cuadratura del círculo, es decir, cada uno puede reclamar al otro desde su posición pero lo que marca verdaderamente éste mercado es la interdependencia de las infraestructuras (operadores de telecomunicaciones), con los softwares (Google), con los generadores de contenidos (y aquí Sgae no tiene una posición dominante como pretenden, ya que esta posición es para los usuarios de la red que son los principales productores). Esta interdependencia sólo puede avanzar hacia una regulación justa si se cambia la concepción de la propiedad pública y privada de los medios de producción hacia una propiedad común de los mismos. Esta es la tarea de una nueva concepción social de la productividad. Afirmamos radicalmente que la fábrica digital (ese entramado de buscadores, operadoras telefónicas, entidades de gestión, gobiernos) no puede existir sin la producción común de las personas y que la batalla está en la lucha por no ser expropiados parasitariamente y en reclamar que lo que es producido por todos pertenece a todos, omnia sunt communia.
 
La producción de la economía digital es hoy un enjambre de la cooperación social digitalizada e interconectada. En internet todos subimos contenidos, investigamos, nos entretenemos, nos relacionamos. Nuestro hacer singular y colectivo es el motor que permite la acumulación de renta que pensamos debe ser distribuida de otra forma. Producción común, interdependencia, como en un enjambre, pero apropiación parasitaria de la renta. Pensar en fórmulas que nos permitan avanzar hacia una economía del común, más allá de la público – privada, tiene que ver con entender la necesidad de valorizar el trabajo de las personas en la red por el simple hecho de conectarse.
 
Finalmente vemos en éste debate sobre la valorización de los diferentes actores de la red el embrión de una guerra tecnológica sin precedentes en la que los usuarios, la mayoría numérica repartida por todo el planeta, no nos podemos quedar fuera en la construcción de una ética de la valorización del trabajo vivo online que sea tenida en cuenta. Si la economía política de la red se encuentra en disputa no es descabellado exigir, a través de un posicionamiento firme de las personas usuarias de la red, el acceso a una renta garantizada que provenga de la tasación de lo que producimos en el tiempo que pasamos online.
 
A quienes sólo tenemos nuestra fuerza de trabajo, nuestro cuerpo y nuestros intelectos en red y queremos cambiar el actual estado de las cosas nos toca avanzar en el debate y en las posibles alianzas de acuerdo sobre la renta, también imaginar fugas que vayan orientadas a paralizar o desviar la maquinaria que reproducimos.
 
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Hacia una ética hacker postliberal. Entre la renta básica y la empresas del procomún.
 
A nuestro entender la producción cooperativa gestada online, o una más amplia que utiliza la red para desarrollar relaciones o productos, junto con la nueva ética hacker, han devastado la ética del trabajo, que todavía sigue siendo bandera de amplios grupos de vieja izquierda a la búsqueda de soluciones para la actual coyuntura de crisis. Siguiendo la expresión de Pierre Levy podemos afirmar que “cualquier acto humano es un momento del proceso de pensamiento y de emoción de un megapsiquismo fractal, que podría ser valorizado, es decir remunerado en tanto que tal”.
 
Pensamos que una nueva ética hacker debe ser consecuente con el actual modo de producción y exigir remuneración económica no ya en forma salarial trabajista sino en forma de renta básica directa (monetaria) e indirecta (acceso gratuito a la red). Para nosotros una ética hacker postliberal no debe sólo desafiar la moral protestante del trabajo (Himanen) sino también, partiendo de la lógica de la explotación del enjambre, avanzar en la construcción de una nueva fiscalidad que retribuya de tal manera a los webactores que acerque la producción de estos hacia el concepto de cooperación simbiótica, entre usuarios y la nueva propiedad de los medios de producción, actualmente totalmente parasitaria.
 
La creación de una nueva empresarialidad del procomún, aunque totalmente necesaria, no es suficiente como horizonte. La Europa de la producción desde abajo, en su deseo de desbloquear el trabajo vivo, la producción de lo común inmanente a la vida contemporánea, ha roto desde hace mucho tiempo con la ética protestante y ahora quiere romper con la precarización de la existencia humana a través de la constitución de un concepto de libertad que va más allá del mercado de trabajo: una libertad postliberal consciente de que no hay mano invisible sino tendencias y cracks
cada vez más veloces, tanto que parecen permanentes. La libertad por la que apostar es necesariamente remunerada y no obligatoriamente compravendible. Si es la vida entera la que ha sido puesta a producir, si cada gesto es parte de la matriz de una (bio)economía que usufructa y extrae plusvalor de nuestro hacer cotidiano, sólo podemos reivindicar justicia social: maneras de actualizar nuestro trabajo a partir de percepciones monetarias y/o de otro tipo. Empresas del procomún, espacios de autonomía online y físicos deben unirse a una demanda más general de una reforma fiscal apropiada a la producción actual.
 

- Las tasas polen.
 
Yann Moulier Boutang, afirma la necesidad de crear lo que denomina “tasas polen”, una suerte de reforma de la fiscalización orientada a distribuir entre todas las personas los beneficios de las mismas. Dicha tasa polen, también es pensada para ámbitos más allá de la red, que ahora no nos ocupan, como por ejemplo un porcentaje ínfimo de las constantes transacciones de capital financiero, en la línea de la Tasa Tobin, o el expolio de las riquezas del común del cuerpo de la tierra.
 
Las tasas polen servirían para desplazar hacia las personas los frutos de su trabajo, es decir, si continuamos con la metáfora de la polinización, permitiría no solamente contribuir a la reproducción del enjambre mediante el uso de las posibilidades del mismo, sino a obtener una retribución adecuada a la forma de producción que ocurre inmanentemente en la red.
 
Al respecto es apropiado citar a Bauwens otra vez: “En sentido amplio, el capitalismo netárquico es una rama del capital que abraza a la revolución de los iguales, a todas aquellas fuerzas ideológicas para las que el capitalismo es el horizonte final de la posibilidad humana. Es la fuerza detrás de la inmanencia del igual a igual. Opuesta a ella, aunque unida en una alianza temporal, están las fuerzas del común-ismo, aquellos que ponen su fe en la trascendencia del igual a igual, en una reforma de la economía política más allá de la dominación del mercado”.
 
“La P2P puede ser expandida y sostenida mediante la introducción de la renta básica. Esta última, que crea un ingreso independiente del trabajo asalariado, posee el potencial de apoyar un mayor desarrollo del valor de uso generado por P2P. Mediante el ethos de la “plena actividad” (en lugar del pleno empleo) de la P2P, la renta básica obtiene un nuevo y poderoso argumento: no sólo eficaz en términos de pobreza y desempleo, sino también creando importante valor de uso para la comunidad humana”.
 
Probablemente Brasil esté siendo ya un laboratorio avanzado que combina empresarialidad del procomún, desarrollo progresivo de la renta básica y una legislación no prohibitiva del P2P. Un modelo en construcción que ha tenido muy en cuenta, más allá del software libre, la lógica del bazar y no de la catedral para desarrollar un modelo productivo que dará que hablar.

 
 
1http://www.piratpartiet.se/ y http://www.piratpartiet.se/international/espanol
 
2http://red-sostenible.net/index.php/P%C3%A1gina_Principal
 
3http://fcforum.net/es/#licenses

 
4http://oxcars09.exgae.net/
 
5Entendemos por fábrica digital el entramado de buscadores, operadoras telefónicas, entidades de gestión, gobiernos y sociedad civil global.
 
6http://networkcultures.org/wpmu/query/2009/11/13/yann-moulier-boutang-asks-are-we-all-just-googles-worker-bees/comment-page-1/
 
7 Podríamos decir que si el trabajo vivo es para Marx, en sus Elementos fundamentales para la crítica de la Economía política (también llamados Grundrisse), de 1857 y 1858: manuscritos filosoficos 'La única cosa distinta del trabajo objetivado es el trabajo no-objetivado, trabajo que está todavía objetivándose, trabajo como subjetividad. O el trabajo objetivado, por ejemplo, trabajo que está presente en el espacio, también puede ser contrapuesto, como trabajo pasado, al trabajo que está presente en el tiempo. Si esto debe estar presente en el tiempo, vivo, entonces puede estar presente sólo como el sujeto viviente, en el que éste existe como capacidad, como posibilidad, ergo como trabajador.'

Para nosotras el trabajo vivo online, sería la declinación del concepto pero referido a la dimesión online de la cooperacion social, de esta subjetividad que produce en cuanto que subjetividad cyborg o tecnomaquina del trabajo libre humano.
 
8http://www.elmundo.es/elmundo/2010/02/15/navegante/1266235275.html

Commonfare o Barbarie

autor: 
Emmanuel Rodriguez

Desde que la aceleración de los procesos económicos fuese conducida por esa extraña estructura social que conocemos bajo el nombre de capitalismo, críticos y reaccionarios han repetido sin cesar que la historia de nuestro mundo venía signada por la pendiente de la barbarie. Decirlo hoy en medio de la crisis galopante de los mecanismos financieros que soportaron la tenue prosperidad de la década pasada, no es quizás ni original ni especialmente iluminador. Y sin embargo nos devuelve a un conjunto de disyuntivas que no dejan de tener actualidad. Efectivamente, dentro de las grandes encrucijadas que atraviesan nuestro tiempo, como el umbral de superación de los límites de carga ambientales o la mezquina asimilación de una parte creciente de la humanidad a algo parecido a un deshecho contable, existe otro gran debate, intencionadamente silenciado, que tiene que ver con la propia viabilidad del capitalismo, al menos tal y como lo conocemos en su desenvolvimiento histórico. Todo el problema radica en la transición de las formas del capitalismo industrial, que dominaron el planeta en las décadas precedentes, a la nueva combinación de formas de acumulación y explotación que parecen reconocerse en el término de capitalismo cognitivo.

La gran transformación de nuestro tiempo, y lo que se hace tangible en cualquier gesto cotidiano, es la poderosa entrada en la escena económica de elementos que antes habían permanecido ajenos o extraños a la lógica capitalista convencional. Creatividad, comunicación, conocimiento, redes sociales, son ya elementos corrientes del lenguaje empresarial, al igual que una constelación de industrias basadas en estas nuevas fuerzas productivas que parecen haber concentrado la misma atención social y económica que en otros tiempos ocupaban los gigantes industriales. A diferencia no obstante de estos últimos, esta constelación de elementos económicos se organiza de una forma irreductible a la lógica económica convencional. Al destacar estos factores estamos señalando un cambio de escala de los circuitos de acumulación. De la producción de bienes a la producción de lo que propiamente deberíamos considerar como lo más propio e íntimo a la «vida» (la reproducción, la subjetividad, etc.) media realmente un abismo que difícilmente se puede salvar con los enunciados de la ortodoxia económica. Nada en el capitalismo cognitivo se asemeja al capitalismo industrial. Los elementos que concentran las nuevas potencias valorizantes del trabajo (como el conocimiento, la «creatividad», la iniciativa) son difícilmente mensurables en cantidades discretas de tiempo-trabajo. La medida de la productividad (ahí está la paradoja Solow) que había compuesto la base de los acuerdos fordistas se esfuma al mismo ritmo que los resultados del trabajo pasan a depender de las cualidades intelectuales y afectivas del trabajador y de las condiciones que facilitan la cooperación social en la producción. Igualmente la separación entre los medios de producción y la figura del trabajador se diluye cuando la producción procede directamente de la activación del cuerpo y el cerebro colectivo. Dicho de otro modo, el capitalismo se enfrenta a una creciente ingobernabilidad del trabajo (comunicativo, cognitivo, afectivo, etc.) en sus condiciones actuales; y esta ingobernabilidad se presenta como una crisis de realización o como una crisis de rentabilidad.

A pesar, por lo tanto, de sus notables éxitos, como la emergencia de nuevos bloques capitalistas, la ruina del enemigo socialista o la quiebra de la oposición obrera, aquello que constituía el principal indicador del estado de salud del sistema, la tasa de rentabilidad, no ha podido mostrar sino una línea errática y descendente que en nada recuerda a las grandes épocas de la industrialización. En las últimas décadas, el capitalismo actúa y reacciona como un animal herido. Por eso el ataque a los salarios, la destrucción de las garantías sociales reconocidas en el Estado de bienestar o la precarización hasta el límite de las condiciones de vida de las mayorías sociales. La llamada financiarización es sólo la clave de bóveda que debe apuntalar la capacidad de extracción de valor y riqueza a un cuerpo social que no sabe gobernar. La financiarización ha sido el gran experimento de sometimiento de las nuevas potencias del trabajo.

Recordemos: la financiarización es algo más que el gobierno del sector financiero sobre la economía mundial. En tanto resumen sintético de la acumulación (la creación de dinero a través de dinero), la financiarización es un poderoso mecanismo de abstracción sobre las actividades económicas con base en la producción e intercambio de bienes y servicios. La apertura de una nueva categoría de mercados que funcionan únicamente sobre la base del intercambio de títulos de propiedad, la expansión del crédito a los ámbitos de la reproducción social (como las hipotecas, los préstamos al consumo, los fondos de pensiones, los créditos al estudio, etc.) y en definitiva la colonización financiera de casi cualquier actividad económica han generado las condiciones para una apropiación capitalista mucho más penetrante y eficaz sobre el producto social. Es necesario reconocerlo: los títulos financieros no son más que instrumentos de apropiación de porciones crecientes de la riqueza social. En la medida en que la financiarización «avanza», se hace también más capilar a las actividades cotidianas (como la compra de una mercancía con una tarjeta de crédito), proporcionando en realidad los medios para una nueva forma de sometimiento social.

Lo sabemos de siempre, la circulación financiera no genera riqueza. Por mucho que la riqueza se haya transformado en activos financieros, la financiarización es sólo una nueva forma despótica y violenta de la organización económica dirigida a reforzar y ampliar la apropiación. Lo que la hace distinta, es que a diferencia de las formas disciplinarias aplicadas en la fábrica o de los mecanismos de sometimiento del trabajo, la financiarización no tiene un objetivo productivo, aun si sus funciones económicas son enormes. Las finanzas no quieren y no pueden organizar el trabajo para mejorar sus rendimientos. Se limitan a gobernarlo desde fuera, a imponer su dominio social como cuando, por ejemplo, la mayoría de la población se ve obligada a pagar hipotecas sobre viviendas cuyo precio aparece inflado artificialmente por una dinámica de especulación institucionalizada. En esto la modernas y sofisticadas formas del dominio financiero conservan la herencia del carácter parasitario que siempre tuvieron las finanzas. Se trata de un gobierno externo a los procesos de producción de lo que propiamente constituye la riqueza, y a los que sin embargo logra someter por medio de una permanente obligación de servidumbre a las lógicas de endeudamiento y privatización de las garantías sociales como la vivienda, las pensiones o la educación. Que el proceso de financiarización esté hecho de resistencias y ambigüedades, como el hecho de que el acceso al consumo de los proletariados urbanos se haya realizado por mediación precisamente del endeudamiento y de las burbujas patrimoniales de la última década, no cambia en nada esta afirmación. La financiarización es la nueva forma de acumulación originaria adaptada a las condiciones postmodernas: hay que despojar a los sujetos de todo lo que forma su «común real» para obligarles a pagar por ello en su triste y menguada forma privada.

Pero ¿qué significado tiene, entonces, la crisis? La crisis que comenzó en 2008 con el estallido de las burbujas inmobiliarias de algunas de las principales economías del planeta y que siguió su ronda de contagios por el sistema nervioso de las finanzas, ha quebrado los mecanismos financieros que habían formado la base de la extorsión capitalista de las últimas décadas. Ha desvelado y dejado al desnudo la realidad del capitalismo hecho financiero: la violencia arbitraria sobre la producción de una riqueza social que el capital ya no sabe producir y tampoco gobernar. El hecho de que la crisis comenzará por los impagos de los más pobres que en los últimos años fueron empujados a la compra de vivienda, tanto en EEUU como España, destaca hasta que punto la expropiación financiera ha tenido que ampliarse y complicarse para seguir arrancando una parte creciente del producto social.

Por paradójico que parezca, la crisis es, así, primero una oportunidad. Desnuda por fin al rey y nos permite ver en su gorda forma el resultado de una dieta rica y generosa a la que, sin embargo, no ha contribuido en nada. Con ello no se quiere decir que esta imagen sea sólo una revelación, una iluminación a la conciencia antes sellada por la euforia financiera. Más allá de esta apelación, la presencia de la crisis nos sirve como catársis y purificación frente a la mala conciencia y la culpabilización que los aparatos mediáticos pretenden inyectarnos inmediatamente frente a la rabia y la indignación, para conducirnos luego a la competencia por «recursos» escasos y a la próxima guerra entre pobres. La crisis es y debe ser, antes que nada, indignación y rechazo de la única promesa que el capitalismo ha sido capaz de sostener hasta hace poco: que la mayor época de creación de riqueza de la historia de la humanidad había sido el resultado de la organización económica a través del mercado y de la lógica del beneficio, y que las riquezas futuras sólo podrían ser garantizadas sobre bases semejantes. Los desastres ambientales, la marginación de una parte de la humanidad, la creciente desigualdad, las nueva patologías ligadas al estrés y las nuevas formas de explotación, nos muestran hasta que punto esta afirmación ha dejado de ser cierta. Pero lo que sobre todo descabalga todo horizonte progresivo y progresista del capital, es que la riqueza en los tiempos y espacios del capitalismo cognitivo se produce sobre bases distintas y ajenas a las lógicas de acumulación fordista.

La conclusión es rotunda: nuestra época es una época de abundancia no de escasez. Abundancia de bienes materiales garantizados a precios cada vez menores por la sucesión de revoluciones industriales y abundancia infinita de bienes cognitivos distribuidos de forma universal por la infoesfera. Y sin embargo, no caben muchas esperanzas a otra solución a la crisis que la reintroducción de la escasez que permita reanudar la máquina expropiatoria. Los síntomas de este devenir mafioso y antiproductivo de las soluciones capitalistas se multiplican sin cesar, ya sea en la defensa de los privilegios financieros en la gestión de la crisis griega (próximamente española), en las reformas dirigidas a restringir los sistemas de públicos de pensiones a favor de los fondos privados de capitalización individual, en la reanudación de las políticas de privatización del welfare ante la situación quiebra técnica de las economías públicas o en las reformas del mercado de trabajo empeñadas en una nueva ronda desregulación laboral. Y todo ello en una situación de colapso de la hegemonía de las posiciones neoliberales que gobernaron la economía global en las últimas décadas.

Pero si la confianza en una reforma desde arriba, similar a la del New Deal que instituyó los pactos fordistas de la gran postguerra mundial, parece al menos por el momento ajena a nuestra coyuntura, la materialización de un horizonte del todo distinto al actual está completamente abierta. La crisis subyacente de la realización capitalista en el marco del capitalismo cognitivo llevará probablemente a insistir en los mecanismos financieros. No parece que haya contraparte capitalista, ni diálogo, ni inteligencia para otra cosa que sea lo ya conocido. Y sin embargo las posibilidades subyacentes a lo que en otro tiempo se llamó el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas parecen casi infinitas.

La financiarización es de hecho la mejor manifestación de la extrema socialización de la producción. La abstracción financiera que permite capitalizar en un título de propiedad valores dispersados sobre medio planeta, simplemente refleja del lado de la propiedad la interdependencia social de la producción de riqueza. Bastaría tomar al asalto las finanzas y revertir los títulos privados en formas de propiedad social para relanzar un programa de socialización de la riqueza a gran escala. En otras palabras, la coyuntura actual nos coloca más cerca que nunca antes de lo que aquí llamamos commonfare, en tanto nuevo estatuto de lo común. La renta básica de ciudadanía, explorada en este número, podría ser financiada con recurso a nuevas formas de fiscalidad que gravasen efectivamente los movimientos de la riqueza financiarizada, y los devolviesen al cuerpo social en forma de un derecho común y universal.

No hace falta decir que aquí queda todo por hacer. Pensar un posible dista mucho de implicar su realización. La exploración de este horizonte dependerá de las luchas y de su capacidad para revertir las situaciones enquistadas. De momento, mantener el cabreo, sin ninguna responsabilidad para con los equilibrios macroeconómicos y los chantajes del futuro, no parece un mal comienzo.